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Los más tempranos recuerdos de Fernando Núñez atesoran los aromas de la viruta de cedro del lápiz herido por el sacapuntas, los olores de la goma de borrar y del papel, cartón envoltorio o cualquier cosa que pudiera soportar los inaugurales garabatos de sus manos infantiles.

 

Mucho ha llovido desde entonces, pero la impronta aromática de aquellos primeros pasos ha permanecido inalterable, aunque ha venido cediendo suave y generosamente espacio para poder coexistir, pacíficamente, con otras esencias propias de las pinturas y barnices.

 

Profundo admirador de los grandes maestros de la pintura, aunque esencialmente podría definirse como un pintor autodidacta, nunca los ha perdido de vista y los mantiene como referencia permanente.

 

Desde su firme apuesta por la figuración onírica viene realizando repetidas incursiones en un renovado surrealismo, llegando incluso, en algunas de sus creaciones, al lindero de la abstracción;  por lo que su obra, variada y diversa, está sujeta por su propia dinámica a continuos cambios, sin perder por ello el hilo conductor que permite identificar de manera inequívoca su caligrafía pictórica.


Antonio Facinas